Banca y el crimen organizado.
Recientemente se hizo la detención de un ejecutivo bancario vinculado al Tren de Aragua y que no fue solo una noticia policial; muestra la radiografía de cómo el crimen organizado transnacional muta y busca sofisticación en el país.
Con respecto a ese tema, el fiscal general Ángel Valencia declaró cosas muy importantes e interesantes, que vienen a entender la verdadera calamidad y la profundidad del crimen organizado en los últimos años en Chile.
El aspecto más valioso de la intervención de Valencia fue su realismo crudo. Durante años, el debate público en Chile se centró en blindar a las policías o las municipalidades de la corrupción, bajo la premisa de que el sistema financiero era un terreno hostil para el crimen. Este operativo derriba ese mito.
Que el fiscal nacional asuma que la corrupción institucional (pública y privada) es «esperable» es un baño de madurez institucional. El Tren de Aragua ya no solo opera mediante la violencia territorial (extorsión, secuestros), sino que ha escalado a la penetración de cuello y corbata, entendiendo que para mover y legitimar grandes sumas de dinero necesitan complicidad interna en el corazón del sistema bancario.
Valencia expone una contradicción muy preocupante en el funcionamiento actual. Por un lado, habla del convenio 24/7 entre la Fiscalía y la Asociación de Bancos para congelar cuentas de emergencia, es una herramienta avanzada (incluso superior a estándares europeos) que demuestra voluntad política y por el otro está el cuello de botella en el canal de emergencia donde el día a día, las respuestas a los requerimientos judiciales ordinarios sufren demoras crónicas.
El crimen organizado se mueve a la velocidad de un clic; las transferencias y el lavado de activos ocurren en segundos. Si los bancos tardan semanas o meses en entregar cartolas o levantar el secreto bancario ante una orden fiscal, se genera una ventana de impunidad donde el dinero simplemente desaparece del radar.
La frase que cita Valencia —“es buena la confianza, pero es mejor el control”— apunta directamente a la autorregulación corporativa. Los bancos suelen tener departamentos de Compliance (cumplimiento normativo) extremadamente estrictos para el ciudadano común, pero este caso demuestra que los filtros fallaron en lo más básico: el factor humano interno.
El desafío ya no es solo que los bancos reporten operaciones sospechosas de sus clientes, sino que auditen con lupa el comportamiento de sus propios ejecutivos, especialmente de aquellos que tienen poder de decisión o acceso a sistemas de apertura de cuentas y transferencias masivas.
El anuncio del fiscal nacional es una advertencia oportuna. Chile cuenta con herramientas legales y tecnológicas robustas, pero el crimen organizado avanza más rápido que la burocracia. Si el sector privado bancario no asume que ya está en la primera línea de riesgo de infiltración, las ventajas comparativas que hoy destaca Valencia frente a otros países se perderán rápidamente. La seguridad financiera ya no es un problema de pérdidas privadas; es un asunto de seguridad nacional.
Jesús R. Rojas E.
Director